
Una reciente revelación de Narciso Mina sobre un particular sistema de incentivos en el Barcelona SC de 2012 destapa la sorprendente postura de Damián Díaz, ofreciendo una mirada íntima al espíritu de aquel equipo que marcó una época. Esta anécdota subraya la camaradería y los valores que cimentaron la histórica campaña de los Canarios.
Vía El Futbolero Ecuador ·
La temporada 2012 de Barcelona Sporting Club no fue una más; fue la campaña que rompió una larga sequía y se grabó a fuego en la memoria de la hinchada amarilla. Un equipo plagado de figuras y con un hambre de gloria palpable, que hoy, más de una década después, sigue generando historias fascinantes. Una de ellas, particularmente reveladora sobre la química interna del vestuario, ha salido a la luz gracias a Narciso Mina, uno de los artífices de aquel título, según reportó El Futbolero Ecuador.
Mina, el prolífico goleador de aquella época, compartió una curiosa iniciativa personal: solía recompensar económicamente a los compañeros que le brindaban asistencias de gol. Era su manera de agradecer y reconocer el esfuerzo colectivo que lo ponía de cara al arco, un gesto de generosidad que buscaba fortalecer lazos y motivar. Sin embargo, en medio de esta práctica, hubo una figura que consistentemente se negó a aceptar el dinero: Damián Díaz. El relato cuenta que, en una ocasión, Mina intentó entregarle 500 dólares al “Kitu” por una asistencia clave, pero el mediocampista argentino-ecuatoriano, con su característica personalidad, declinó el ofrecimiento. Esta negativa, lejos de generar fricción, resalta una faceta poco conocida de la relación entre dos de los pilares de ese Barcelona, demostrando que para Díaz, la recompensa más grande era el éxito del equipo.
Para entender la magnitud de esta anécdota, es crucial ubicarse en el contexto de la temporada 2012. Barcelona SC venía de años de frustraciones, y el peso de la historia y las expectativas era enorme. El título de ese año no fue solo un campeonato más; fue la culminación de un proceso, la reconquista de la gloria que la afición anhelaba. Narciso Mina fue el estandarte ofensivo, logrando la asombrosa cifra de 30 goles, una marca que lo consolidó como uno de los máximos artilleros del campeonato ecuatoriano y lo catapultó al fútbol internacional, fichando por el Club América de México tras esa campaña. Su desempeño fue un testimonio de su calidad y de la efectividad del esquema de Gustavo Costas. Damián Díaz, por su parte, fue el cerebro, el conductor, el generador de juego que habilitaba a Mina y al resto de atacantes. Su visión y capacidad de desequilibrio fueron fundamentales para desarmar defensas rivales. La interacción entre ambos en el campo era casi telepática, una sinergia que trascendía cualquier incentivo monetario y que se tradujo en un dominio absoluto en el torneo local. Este campeonato no solo devolvió la alegría a Guayaquil, sino que también reafirmó la posición de Barcelona SC como un gigante del fútbol ecuatoriano, dejando una huella imborrable en la historia del deporte nacional.
La anécdota de Díaz y Mina va más allá de un simple intercambio de dinero. Es un reflejo del espíritu que prevalecía en aquel vestuario. La negativa del “Kitu” a aceptar el incentivo económico subraya una mentalidad donde la victoria colectiva y la consecución del objetivo común estaban por encima de cualquier recompensa individual. Demuestra que, para ciertos jugadores, la satisfacción de contribuir al éxito del equipo y la alegría de la hinchada son motivaciones intrínsecas que no necesitan de añadidos monetarios. Este tipo de historias son las que construyen la leyenda de los equipos y dejan claro por qué el Barcelona SC de 2012 sigue siendo recordado con tanto cariño y admiración: no solo por sus goles y victorias, sino por la calidad humana y el compromiso inquebrantable de sus protagonistas.
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